¿Cuánto influyeron las jornadas francesas del 68 en la vida política, social y cultural de la Argentina? Situémonos. Buena parte de las demandas estrictamente universitarias –las que dieron el puntapié inicial en Nanterre y La Sorbona– formaban parte de los estatutos de las universidades argentinas desde los tiempos de la Reforma de 1918, más allá de las distintas intervenciones autoritarias. Los estudiantes franceses se quejaban de que los profesores los ignoraban, no dialogaban con ellos. En nuestro país, el diálogo entre educador y educando era bastante fluido. Por lo demás, las movilizaciones estudiantiles ya tenían, cuando sucedió lo de Francia, una larga historia. La radicalización de los jóvenes argentinos poco y nada le debió a Cohn-Bendit y a sus compañeros de aula. Sí mucho –o bastante, al menos– al Che Guevara y Fidel Castro. O a Régis Debray, para seguir con los franceses.

Como se sabe, en el 68 los estudiantes franceses estrecharon lazos, por primera vez y durante unas semanas, con el movimiento obrero de aquel país. ¿Y en la Argentina? A dos años de la destitución de Illia, el descontento social se había extendido. El quiebre mayor, punto de partida de la descomposición del régimen de Onganía, se dio con el Cordobazo, allá por el 69. Obviamente, nadie podría sostener seriamente que aquella explosión de trabajadores enfrentados tanto a las cúpulas sindicales como al plan económico del gobierno haya sido producto de una acción estudiantil radicalizada –que ciertamente existió –, y menos aún consecuencia del Mayo Francés. Lo que sí debemos admitir es que las fotografías de los obreros de la industria automotriz marchando codo a codo con algunos universitarios por las calles de la ciudad de Córdoba presentan cierto parecido con las que fueron tomadas en el París de las barricadas y los adoquines voladores.

No obstante la débil relación entre el estallido parisino y las turbulencias nacionales, el 68 sigue sonando en nuestras cabezas. Cabezas argentinas. Por lo pronto, hubo un impacto cultural de importancia. Francia era Francia, y todo lo que allá sucedía merecía nuestra atención. En ese sentido, hubo en el 68 más continuidad que ruptura. Pero también hubo ruptura, claro. Por lo pronto, una imagen fue violentamente relevada. Hasta ese momento, las calles de París eran dominio de la chanson y las tertulias intelectuales. “Francia se aburre”, había titulado la prensa días antes de la rebelión. La contracultura prácticamente no había entrado al mundo francés. Los jóvenes aun usaban saco y corbata. Como en la Argentina, exceptuando a Tanguito y a un puñado de hippies de Plaza Francia.

En los Estados Unidos, en cambio, la rebelión de los Centauros, como llamó Theodore Roszak al despertar hippie, venía sacudiendo convenciones desde hacía, por lo menos, cuatro años. En ese sentido, el Mayo Francés fue un esfuerzo de la juventud europea continental –los ingleses ya tenían su psicodelia– por sintonizar las señales de una cultura joven disidente. Y algo de eso sucedió en nuestro país. Para muchos, el 68 fue la legitimación francesa de la gran rebelión.
Sergio Pujol es autor de La década rebelde (Los años 60 en la Argentina) y Rock y dictadura. Crónica de una generación (1976-1983) , entre otros libros
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04.05.2008 El Mayo rebelde: legado y actualidad del 68 francés
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04.05.2008 Los límites de lo posible

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En los Estados Unidos, en cambio, la rebelión de los Centauros, como llamó Theodore Roszak al despertar hippie, venía sacudiendo convenciones desde hacía, por lo menos, cuatro años. En ese sentido, el Mayo Francés fue un esfuerzo de la juventud europea continental –los ingleses ya tenían su psicodelia– por sintonizar las señales de una cultura joven disidente. Y algo de eso sucedió en nuestro país. Para muchos, el 68 fue la legitimación francesa de la gran rebelión.
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